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El Buscador



El hombre aquel se había pasado la vida buscando la verdad; como todo buscador, iba de un lado a otro: en ocasiones encontraba algo y en otras nada. Quizás ésa sea la misión de alguien que busca. Una tarde, cansado de caminar, el buscador se dispuso a entrar a una nueva ciudad; algo le decía que en ella encontraría respuesta a alguna de sus preguntas; sin embargo, antes de entrar le atrajo una hermosa colina verde, con cuidados árboles y bellas flores. Así, atendiendo a la atracción que esa colina ejerció sobre él, se dirigió hacia ella.

Se encontraba descansando recostado en el pasto cuando vio cerca de él una piedra que tenía una inscripción que decía: “Anasif, vivió cuatro años, tres días”.

Entonces pensó: es la tumba de alguien que murió realmente joven. De pronto, se dio cuenta de que aquella no era la única piedra, sino que, como la anterior, todas tenían una inscripción; enseguida recorrió varias tumbas y lo que descubrió le asustó y le lleno de rabia: todas las piedras tenían un nombre y la edad en que las personas habían muerto. Su ira provenía de descubrir que en el cementerio no había personas adultas: quien más tiempo tenía había sido enterrado a los once años, cinco días y cuatro horas.

Ante ello, el buscador se puso a llorar. No era posible; ¿Qué maldición había caído sobre aquél pueblo?, se preguntó.

Su llanto se convirtió en un grito de lamento.

Al verlo tan abatido, el panteonero se acercó y le preguntó: -¿Le pasa algo, amigo? ¿Se encuentra llorándole a algún familiar?  - a lo que el buscador le respondió: -Lloro por encontrarme con un cementerio donde todos los muertos son niños. Dígame, ¿cuál es la maldición que pesa sobre este pueblo?

El panteonero sonrió y dijo:

-Amigo, si llora por eso, despreocúpese; en realidad no son niños. Las fechas que ve en las tumbas son producto de que, al morir, los habitantes de este pueblo tenemos por tradición anotar el tiempo que las personas vivieron felices. Todos los habitantes llevamos una pequeña libreta en el bolsillo, en la cual anotamos los días en que vamos siendo felices.

Anotamos los cumpleaños, el nacimiento de nuestros hijos, las expresiones de amor y el tiempo exacto de todo lo que nos hace felices. Cuando alguien muere, la comunidad busca la libreta y se suman todos los tiempos, y se inscribe en su lápida al sepultarlo. Creemos firmemente que sólo merece llamarse vida a los momentos en que uno fue feliz.

El buscador se quedó pensando y, después de un momento, dijo con una sonrisa: “Mi búsqueda... ¡Ha terminado!”.


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