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¿Por qué Elegimos Ser Infelices?


Éste es uno de los problemas humanos más complejos. Debe considerarse con detenimiento. Y no es una cuestión teórica: te concierne a ti. Así es como se comporta todo el mundo: eligiendo siempre lo malo, eligiendo siempre lo triste, lo deprimente, lo desdichado. Debe de haber profundas razones para ello, claro que las hay.

Lo primero: la manera en que los seres humanos son educados desempeña un papel definitivo en ello. De la infelicidad sacas algo, siempre sacas partido. Si eres feliz siempre pierdes.

Muy desde el principio, un niño inteligente comienza a notar la diferencia. Siempre que se siente infeliz, todo el mundo trata de ser cariñoso con él, consigue afecto. Incluso más que eso, porque cuando es infeliz, la gente está pendiente de él, atrae la atención.

Ésta funciona como un alimento para el ego, un estimulante muy alcohólico. Te aporta energía; te crees alguien. De ahí tanta necesidad, tanto deseo de atraer atención.

Si todo el mundo te mira, te sientes alguien importante. Si nadie lo hace, sientes como si no existieras, te sientes un don nadie, no tienes entidad. Que la gente te mire, que le importes, te aporta energía.

El ego existe por la relación. Cuanta más atención te presta la gente, más gana éste. Si nadie te mira, tu ego se disuelve. Si todo el mundo te ha olvidado por completo, ¿cómo puede existir el ego? ¿Cómo puedes saber que existes? De ahí la necesidad de las sociedades, de las asociaciones, de los clubes. Éstos existen en todo el mundo –rotarios, leones, logias masónicas-, millones de clubes y sociedades. Todas ellas existen para prestar atención a gente que de otro modo pasaría inadvertida.

El niño aprende la fórmula desde el principio. Ésta es: presenta un aspecto infeliz, así tendrás todas las simpatías, así todo el mundo te hará caso. Aparenta estar enfermo: adquirirás importancia. Un niño enfermo se convierte en un dictador, toda la familia debe hacer lo que él dice; sus deseos son órdenes.

Cuando eres feliz, nadie te escucha. Cuando está sano, nadie le hace caso. Cuando es perfecto, nadie está pendiente. Muy desde el principio empezamos a elegir lo infeliz, lo triste, lo pesimista, el lado oscuro de la vida. Eso por un lado.

Lo segundo es lo siguiente: siempre que eres feliz, siempre que estás contento, siempre que te sientes extático y satisfecho, todo el mundo tiene envidia de ti. La envidia significa que todos son antagónicos, nadie es amistoso; en ese momento todos son enemigos. Por consiguiente, has aprendido a no sentir éxtasis, para que nadie pueda ser contrario a ti; no debes mostrar tu gozo, no debes reír. Mira a la gente cuando ríe. Lo hace muy cuidadosamente. No es una risa visceral, no sale de lo más profundo de su ser. Primero te miran, luego te juzgan… y después ríen. Además ríen hasta cierto punto, al punto que tú puedes tolerar, al punto que no quede fuera de lugar, al punto en donde nadie pueda sentir envidia.

Incluso nuestras sonrisas son estratégicas. La risa ha desaparecido, la felicidad es una total desconocida, y el sentir éxtasis es casi imposible porque es algo que no está permitido. Si eres infeliz, nadie pensará que estás loco. Si estás extasiado y bailas, todos te tomarán por loco. La danza es rechazada, el canto no se tolera. Vemos a un hombre feliz; enseguida pensamos que algo no marcha bien.

¿Qué clase de sociedad es ésta? Si alguien es desgraciado todo va bien; la persona encaja porque la sociedad entera es más o menos infeliz. Esa persona es miembro, pertenece a esa sociedad.

Si alguien llega a sentir éxtasis creemos que se ha vuelto loco, que ha perdido la cabeza. No pertenece a nuestra comunidad, por lo que sentimos envidia.

A causa de la envidia lo condenamos. Movidos por la envidia intentaremos de cualquier modo devolverlo a su antiguo estado. A ese estado lo llamamos normalidad. Los psicoanalistas ayudarán; los psiquiatras también intentarán devolver a ese hombre a su habitual desdicha.

La sociedad no puede tolerar el éxtasis. Pero éste es la gran revolución. Repito: el éxtasis es la gran revolución. Si la gente pasara a un estado de éxtasis toda la sociedad tendría que cambiar, porque ella está basada en la desdicha.

Si la gente es feliz no la puedes conducir a la guerra: a Vietnam, o a Egipto, o a Israel. No, alguien que es dichoso se reirá y dirá: ¡Qué tontería! Si la gente es dichosa no la puedes obsesionar por el dinero. No desperdiciará su vida acumulando dinero. Le parecerá cosa de locos que una persona destruya su vida entera, que la desperdicie tan sólo por dinero, algo tan sin sentido como acumular dinero. Éste seguirá allí cuando la persona esté muerta.

¡Es de una locura absoluta! Pero esta locura no la puedes ver hasta que no has sentido un éxtasis. Si la gente conoce el éxtasis, el modelo de esta sociedad tendrá que cambiar. Esta sociedad existe en la desdicha. Es nuestra gran inversión en el mundo que vivimos. Educamos a nuestros hijos… desde el principio les creamos una tendencia hacia la desdicha. Por eso ellos siempre la eligen.

Todo el mundo tiene una elección cada mañana. Y no sólo cada mañana, en todo momento existe la elección entre ser desdichado o ser feliz. Siempre escoges la de ser desdichado, porque ya se ha convertido en un hábito, una costumbre; siempre lo has hecho así. Has llegado a dominarlo con soltura, se ha convertido en algo cómodo. En el momento en que la gente tiene que elegir, escoge inmediatamente la desdicha.

La desdicha es como si fuera cuesta abajo; el éxtasis, cuesta arriba. Algo muy difícil de alcanzar; pero no es así. En realidad es todo lo contrario: el éxtasis es cuesta abajo, la desdicha es cuesta arriba. La desdicha es una cosa muy difícil de alcanzar, pero tú lo has logrado, has hecho hasta lo imposible; porque la desdicha es totalmente antinatural. Nadie quiere ser desdichado y todo el mundo lo es.

La sociedad ha hecho una gran labor. La educación, la cultura y los difusores de la cultura, los padres, los maestros todos han hecho un gran trabajo. De una creación afortunada, han obtenido criaturas desdichadas. Todo niño nace feliz. Todo niño es un dios al nacer. Y todo hombre muere loco.

Ésta es toda tu labor: intentar recuperar la infancia, intentar reclamarla. El que pueda volver de nuevo a ser niño, no conocerá la desdicha.

No quiero decir que para un niño no haya momentos de desdicha; los hay. Pero aun así no existe. Intentaré explicarlo.

Un niño puede llegar a ser desdichado, puede ser infeliz, intensamente infeliz en un momento, pero es todo en esa infelicidad, se identifica tanto con ella, que no existe división. No se puede separar al niño de la infelicidad. El niño no está mirando su infelicidad con distancia, dividido. El niño es infelicidad; está absorto en ella. Cuando llegas a ser todo con la infelicidad, tal infelicidad deja de serlo. Al llegar a ser todo en ella, incluso en su negatividad tiene una belleza intrínseca.

Observa bien a un niño, a un niño que no sea malcriado. Cuando está furioso, su energía entera llega a convertirse en ira; no queda nada detrás, no hay frenos. Ha puesto en marcha su furia; no hay nadie manipulándola ni controlándola. No hay mente. El niño es todo ira; no es que esté furioso, es que se ha convertido en furia.

Entonces puedes apreciar su belleza, el desarrollo de la ira. El niño nunca está feo; incluso furioso parece guapo. Tan sólo resulta más intenso, más vital, más vivo: como un ser tan atómico; como el universo entero a punto de estallar.

Tras esta explosión, el niño se quedará tranquilo. Tras esta explosión, el niño se quedará en paz. Tras esta explosión, el niño se relajará. Podemos pensar que es algo lamentable que el niño tenga semejante cólera, pero el niño no es infeliz; ha disfrutado de ello. Si con cualquier cosa que hagas formas un todo, consigues la dicha. Si te distancias de algo, incluso si se trata de la felicidad, llegas a ser desdichado.

Por lo tanto, ahí está la clave. Estar separado en forma de ego es la base de toda desdicha; el ser uno, el fluir con lo que sea que la vida te ofrezca, el penetrar en ello intensamente, en su totalidad, cuando tú no estás allí, cuando estás perdido, todo eso supone dicha.

La elección está al alcance de la mano, pero tú no la percibes. Has estado eligiendo lo erróneo tan continuamente, se ha convertido en un hábito tan inútil, que lo eliges automáticamente sin pensar más. No queda posibilidad de elección.

Mantente alerta. En cada momento, cuando estés eligiendo ser infeliz, recuerda: es una elección tuya. Ser consciente de ello ayudará: la confirmación de que es una elección mía y de que yo soy responsable, de que lo que estoy haciendo con mi persona es obra mía. Inmediatamente percibirás la diferencia. La calidad de la mente habrá cambiado. Te resultará más fácil pasar a un plano de felicidad.

Una vez que sabes que ésta es tu elección, todo el asunto llega a ser como un juego. Entonces si te agrada ser infeliz, adelante, pero recuerda, es tu elección, no te quejes. No hay nadie más a quien responsabilizar de ello. Es tu función. Si así lo prefieres, si eliges un camino de infortunio, si quieres pasar por la vida de manera desdichada, es porque así lo elegiste, es tu juego. Pero ya que lo juegas, ¡juégalo bien!

Por lo tanto, no vayas preguntándole a la gente cómo evitar la infelicidad. Es absurdo. No vayas a preguntarles a los maestros y a los gurús cómo ser feliz. Ellos existen a causa de tu torpeza. Tú creas la desdicha, y entonces vas y preguntas a los demás cómo deshacerte de ella. Seguirás creándola porque no estás consciente de lo que estás haciendo. Inténtalo desde este mismo momento, intenta ser feliz y dichoso.

Osho

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