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¿Quién Programó tu Mente?

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Por Jack Canfield y Mark Victor Hansen

Nacemos con un banco de datos vacío que será programado. Muchos estamos impedidos para progresar, pedir y obtener lo que queremos por las creencias limitantes y negativas que hemos tomado de nuestros padres, maestros, iglesias, congéneres y medios de comunicación. Este condicionamiento cultural y familiar nos puede embotar, incluso paralizar.

Se nos ha enseñado que es mejor dar que recibir; que si en verdad se me amara, no tendría la necesidad de pedir, y que necesitar es una debilidad. Hemos aprendido por nuestros fracasos y experiencias traumáticas en la vida que si no quiere uno demasiado, no habrá decepciones; no esperes demasiado de hombres como tu padre, y es más seguro mantener la boca cerrada y parecer un tonto, que abrirla y despertar dudas.

Nuestros padres nos programan

Muchos crecimos en hogares donde se ignoraba, se hacía mofa, se daba por descartado o no se tomaba en cuenta lo que uno quería. Nuestras necesidades y deseos no eran importantes. No se nos daba a elegir o se nos preguntaba lo que preferíamos, ni se nos concedían nuestras peticiones. Éramos ciudadanos de segunda clase que debíamos comer lo que se nos ponía enfrente, usar lo que se nos indicaba y hablar cuando se nos dirigía la palabra.

Ve si alguna de estas frases te trae recuerdos de tu niñez, o lo que todavía es peor, de tu propia actitud como adulto:

• Deja de molestarme con tus gemidos y preguntas.
• Deja de acosar a tu mamá.
• Déjame en paz.
• No quiero oír hablar de eso.
• Ahorita no tengo tiempo para eso.
• ¡No, otra vez tú! ¿Ahora qué quieres?
• Eres tan egoísta. En lo único que piensas es en ti mismo.
• Nunca consideras las necesidades de los demás, sólo las tuyas.
• ¡O como yo digo o a la calle!
• Mientras vivas en mi casa tienes que seguir mis reglas.
• Si no te gusta vivir aquí, te puedes ir cuando quieras.
• Si no puedes decir algo agradable, mejor no digas nada.
• Cuando quiera tu opinión, te la pido.
• Apúrate, tenemos mucho que hacer hoy.
• No me importa lo que quieres.
• ¡Eres un tonto!
• Cállate y haz lo que se te dice.
• Si cierras la boca y haces lo que se te dice, todo saldrá bien.
• ¡Haz lo que se te dice!

La escuela nos programa

En la escuela, si le pides ayuda al profesor, te dicen que eres “barbero” o “el consentido del profesor”. En muchas escuelas públicas, si muestras interés y le pides al maestro que te explique algo, se te acusa de “convenenciero”.

Se te dice que hagas el trabajo solo, y que recibir ayuda o colaborar con otros es trampa.

Muy pronto aprendemos que no está bien hacer preguntas estúpidas, que el maestro nos echará una mirada fulminante y que los compañeros se reirán o te mirarán molestos. Por lo que muchos simplemente nos abrimos paso como podemos o de plano desistimos.

Los medios de comunicación nos programan

Después de años de televisión, los hombres han aprendido que ser un verdadero hombre significa sufrir en silencio, ser macho, malvado y jamás expresar vulnerabilidad o necesidades profundas. Los hombres aprenden a ocultar el desagrado emocional de controlar su dolor, sus deseos o sus necesidades reales mediante un comentario chistoso o reprimiéndolos. Esta imagen de hombre rudo con la que se identifican los hombres interfiere con el hecho de pedir ayuda y apoyo a los demás.

La televisión promueve el consumismo descomunal e inconsciente. Si quieres ser feliz debes comprar X o Y productos.

La televisión llena tu mente de negatividad (con noticieros, telenovelas, series, películas y programas llenos de violencia y sexo) y crea patrones de pensamiento que tarde que temprano afectarán tu vida de una u otra forma.

Los demás medios de comunicación no se quedan atrás en esta transmisión de negatividad y basura.

Nuestra preparación religiosa nos condiciona

La doctrina eclesiástica, los pastores y predicadores, los evangelistas por televisión y la literatura religiosa condicionan nuestras creencias respecto a la vida, el dinero, el éxito en la vida y el pedir lo que queremos, afectando terriblemente nuestra dignidad humana y sentido de merecimiento.

Nuestros médicos nos programan

A temprana edad aprendemos que el médico es Dios. Tenemos que hacer lo que el médico dice. El médico no tiene tiempo para tus tontas preguntas. Sólo sigue las indicaciones que te, dio por favor. No cuestiones las recetas, el diagnóstico o el tratamiento. Esperamos en sus consultorios durante horas sin cuestionar por qué no aprenden a programar sus consultas mejor. Pagamos por un mal servicio y a menudo padecemos sus actitudes arrogantes. Somos ignorantes. Ellos sí saben. Sólo haz lo que se te dice y no preguntes.

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