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Arte y Práctica de la Meditación


Meditar consiste en dirigir correctamente la atención mental. La práctica de la meditación permite, como primer efecto, alcanzar un estado de sosiego y equilibrio, dominar la ansiedad y apaciguar el estrés, y, en general, tiene un notable efecto sobre el equilibrio orgánico y psíquico. Incluso es fácil advertir que conforme se eleva el horizonte espiritual, se eleva la capacidad intelectual y la física. En esta transformación del ser uno comienza a pensar más en los demás y menos en sí mismo. Entonces se revela con claridad la noción de compasión. Es importante entender que sin ella, todo intento de práctica meditativa es, finalmente, infructuoso. 

Para empezar a practicar debemos buscar una postura corporal que permita que la cabeza y el tronco estén rectos. Una postura equilibrada, la espalda recta sin rigideces, libre de tensiones. Para ello podemos usar las posturas de loto, semiloto, cuclillas o cualquier otra que nos sea cómoda, incluso sentado en posición recta en una silla. Aunque he de decir que se puede meditar en cualquier postura y circunstancia (tumbado, andando...), al principio quizá sea mejor hacerlo en las posiciones indicadas, procurando estar lo más quietos posible. Luego debemos ir ampliando las formas y los momentos en que meditamos, pudiendo hacerlo en cualquier lugar y circunstancia. Usemos una respiración regular y lenta y, siempre que sea posible, inhalando y espirando por la nariz. 

Respirar conscientemente, he ahí la clave. Decir en voz alta o pensar: inspiro (cuando tomamos aire), espiro (cuando lo soltamos). Algo tan sencillo nos hace tomar consciencia de que estamos vivos. Algo tan obvio a veces no lo es tanto en nuestra forma de actuar inconsciente. La respiración consciente logra relajar los músculos y la mente: inspirar pausadamente, espirar prolongadamente. Hacer pausas entre inspiración y espiración. Si logramos repetir este tipo de respiración unos minutos al día, notaremos beneficios insospechados que tienen efectos más allá del momento en que los realizamos. 

La respiración consciente es una forma de meditación y podemos hacerla en cualquier lugar: mientras fregamos los platos, barriendo, en la cola de supermercado o en una reunión de trabajo. No es necesario que dejes lo que estás haciendo. Ahora mismo mientras lees puedes practicar: sencillamente respira más pausadamente, y sé consciente de que respiras. 

He de decir, aunque pueda parecer una perogrullada, pero que cuando lo comprobemos lo entenderemos, que la mejor forma de aprender a meditar es meditando. Meditar siempre que podamos, si es posible todos los días, aunque sea unos cuantos minutos. No es necesario estar meditando varias horas diarias durante años para ver resultados. Por muchos compromisos y obligaciones que uno tenga, excusarse en ello para no meditar no tiene sentido, pues, precisamente, cuanto más agobios se tienen más necesaria es la meditación. No es preciso emplear varias horas al día ni sitios especiales, unos pocos minutos, incluso un solo minuto diario, en cualquier parte es suficiente para advertir resultados visibles de forma inmediata y para que la mente se relaje, y se puedan afrontar los problemas con otra actitud más serena y comprensiva. 

La idea de que meditar es realmente difícil y que sólo se logra mediante estados muy avanzados de la mente no es del todo correcta. Todos meditamos en distintos momentos cada día, sólo que no lo entendemos como tal. Lo que sí diferencia a quien medita regularmente de alguien que lo hace inconsciente y aleatoriamente es su capacidad de atención y concentración, y sobre todo de decisión: de haber decidido hacer algo por sí mismo de forma voluntaria y dispuesta. Tenemos a nuestro alcance infinidad de formas de meditar. Podemos orientar y fijar la atención en un objeto, en una imagen mental, en nuestro propio cuerpo, en la respiración, en las nubes, en las aguas quietas del mar, en el río que fluye... 

No hay que llegar a ningún estado elevado para alcanzar la paz y la felicidad, es ahora mismo cuando podemos lograrlo. En este momento. Lo único que debemos hacer es vivir conscientemente este instante. Cada momento que vivamos plenamente es felicidad. Cada momento que vamos arrastrados por una falsa idea de uno mismo, es una puerta al sufrimiento. La meditación no elimina los problemas, aunque permite que los vivamos con otro talante, con menos implicación emocional y con mayor perspectiva. Si logramos aceptar esto, ya no tenemos excusa para empezar a encontrarnos a nosotros mismos, para meditar, para ser feliz. 

Incluso si me dices que no tienes un lugar dónde hacerlo, te diré que cualquier sitio es válido: un semáforo, la ducha, la espera del metro, fregando platos... Pero, ¿cómo empezar a meditar? Simplemente trata de ver las tensiones de tu cuerpo, intenta relajar los músculos más tensos, y, lo consigas o no, trata de estar allí, estés donde estés, consciente de que estás allí, en ese momento, haciendo lo que estés haciendo. Si la atención se disipa, respiremos. 

Al decir “respiro”, la atención sobre lo que hacemos vuelve. Imagínate que estamos concentrados en esa lucecita del ordenador u otra forma que hayamos elegido como motivo de concentración, al cabo de un rato los pensamientos erráticos aparecen. En cuanto seamos conscientes de que hemos perdido la concentración, simplemente digamos: “respiro”. Ese sencillo acto hace que de nuevo la mente se serene y se dirija al objetivo que hemos propuesto. Así, una y otra vez, hasta que la mente se vaya acostumbrando a centrarse en lo que le propones. Intenta que los pensamientos, emociones y sensaciones circulen sin arraigar en la mente. Si ves que se quedan trata de centrarte en aquello que hayas elegido como objeto de concentración, y luego déjalos ir, aunque sea un instante. Culpar a la mente de andar extraviada, de un sitio a otro sin control, es como echarle la culpa a las nubes de ir de aquí para allá. Lo importante es no enfadarnos por creer que no logramos meditar sino felicitarnos de hacerla volver al punto inicial de concentración las veces que haga falta, aunque dos segundos después de nuevo se haya vuelto a dispersar. 

Si a pesar de todo crees que no lo consigues o que va a ser muy difícil, siéntate e intenta relajarte y guarda silencio. Simplemente quédate quieto y no hagas nada. Poco a poco verás que meditar no es hacer algo, sino, simplemente, estar presente. 

La meditación nos ayuda a perder aquello que es ajeno a nuestra verdadera naturaleza. Y lo que queda cuando nos libramos de lo que no somos —precisamente lo que la mayor parte de la gente cree que es y lo que la hace sufrir—, es, fundamentalmente, alegría y felicidad. La meditación como cualquier otra cosa que se dirige a la autosatisfacción está condenada al fracaso. Si sólo tratamos de obtener satisfacción mental, olvidamos lo esencial: el descubrimiento espiritual a través del amor. 

Meditar es una aventura, una aventura hacia el mayor descubrimiento que un ser humano puede lograr: el del corazón. Cómo liberarnos de lo que no queremos si actuamos para mantenerlo. Si la meditación no se dirige al amor en su concepción más elevada, es una técnica tan infructuosa como otra cualquiera. La práctica de la meditación nos conduce a abandonar al ser trivial y voluble para ir en busca del ser profundo e imperecedero, y traerlo desde lo más profundo a la superficie. Y sentir todo ello en la vida cotidiana como un despertar transformador de la consciencia de vivir, que encuentra en lo cotidiano lo divino: fregar los platos, ducharse, contemplar la lluvia o las estrellas en el cielo. Ésta es la práctica, la auténtica práctica; ésta es la vida, la auténtica vida. ¡Vivámosla plena y conscientemente! 


Raúl de la Rosa
http://www.rauldelarosa.org/

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