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Frijolitos pero con Alegría

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Por Enrique Nieto

El ambiente en nuestro hogar es sumamente importante a la hora de tratar de activar la Ley de Atracción en forma deliberada. No se puede trabajar con la Ley de Atracción para atraer abundancia y bienestar a nuestra vida si en nuestro hogar existen conflictos y falta de armonía. Si este es nuestro caso estaremos echando a perder todo el trabajo creativo que hemos estado llevando a cabo con la Ley de Atracción. Es absurdo trabajar una hora en elevar nuestra vibración para manifestar abundancia en nuestra vida, e inmediátamente después empezar a discutir y pelear con alguien en nuestra casa, eso no tiene sentido, anula todo el trabajo creativo que habíamos realizado, pues esto baja nuestra frecuencia vibratoria.

Mantener la armonía en nuestro hogar es un punto clave pues, aunque no todos en nuestra casa comprendan la Ley de Atracción, estaremos trabajando en un ambiente ideal para poder elevar así nuestra vibración propia y por ende la vibración de nuestro hogar y propiciar así el atraer sólo cosas buenas y satisfactorias, y por supuesto, el alcanzar más fácilmente nuestros objetivos y metas personales. Un ambiente feliz y armonioso en nuestro hogar es la plataforma perfecta para Crear nuestra Vida en forma deliberada.

Tal vez algún miembro de la familia nos hace desesperar por su comportamiento, pero aún ese tipo de situaciones pueden cambiar si uno eleva su vibración, manteniéndose con un ánimo alegre y desenfadado y no engancharse en discusiones que sólo alteran la armonía familiar.

Debemos ser capaces de enfocarnos en las cualidades de nuestros amigos y familiares para de esa forma potenciar más sus virtudes y tener relaciones armoniosas con todos ellos, además, debemos sentirnos privilegiados y bendecidos por tener una familia.

Enseguida transcribo un relato del autor mexicano Rafael Gómez Pérez, un tanto coloquial pero verídico que ilustra muy bien esta situación y nos hace reflexionar sobre algo que no debemos pasar por alto: La Armonía en nuestro hogar.

Yo admiraba la sensatez de aquella mujer. Su esposo era bueno, pero tenía un genio endiablado. Muy fácilmente explotaba en arranques de cólera. Ella esperaba, disimulaba, toleraba muchos berrinches injustificados de su marido.

Los niños eran siete. En escalerita. La mayoría eran varones. Y cuando no peleaba el chico con el grande, peleaban los medianos entre sí. Aquél hombre se desesperaba porque trabajaba en su casa y la casa sólo tenía dos piezas. Los niños al volver del colegio, hacían sus juegos junto al taller de su padre. Y los juegos de siete niños entre los cuatro y doce años son algo muy serio.

Una noche aquél buen padre de familia, pero de genio fuerte, estalló más terriblemente que en otras ocasiones. Sus dedos se enrojecieron de jalar cabellos y sus manos se cansaron de propinar coscorrones y nalgadas.

Los niños estaban atemorizados, las niñas lloraban desconsoladamente, la buena madre contemplaba a su Hitler y por primera vez en varios meses, lloró. Valerosamente se enjugó sus lágrimas, acostó a sus críos y volvió para servir la cena a su marido.

La gota de agua que derramó la cólera de su marido fue una tontería: el vástago mayor traía del mercado una sabrosa olla de pozole. El hermanito que le seguía andaba enredado a las tumbadas con otro más pequeño. En un brinco violento chocó contra el hermano que traía cuidadosamente la olla con pozole. La olla cayó de las manos del muchacho, chocó contra el piso y los granos de pozole quedaron regados por el suelo y el caldo enchiloso manchó el pequeño tapete que había en la habitación. Se aguó la cena. No hubo pozole. Sólo frijoles con tortillas.

Cuando estuvieron solos marido y mujer, ella con gran sentimiento, le dijo a su marido: -Prefiero cenar únicamente FRIJOLITOS, PERO CON ALEGRIA, a tener muy buena cena, pero en medio de estas terribles borrascas en que tú te encolerizas y ellos lloran. Una olla de pozole que se rompe no es para hacer una tragedia y pegarles a todos.

Aquél hombre, que en el fondo era bueno, comprendió la lección. Se hizo más humano, más comprensivo con sus hijos, supo resistir más pacientemente los gritos de los chicos que tenían buena salud y buenos pulmones. Y al aceptar su vida como era, sintió también que LA ALEGRIA VISITABA SU HOGAR.

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