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La Gratitud es Percepción Consciente

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Por Amy E. Dean

Había una vez un maestro espiritual cuyos sermones diarios eran muy profundos y estimulantes. Solía dedicar horas a preparar esos mensajes de esperanza, amor, perdón y alegría. Una mañana, antes de ponerse de pie para pronunciar el sermón de ese día, el maestro se concentró en el mensaje que iba a transmitir y pensó que probablemente seria el mejor que se había escuchado jamás. Recordó el tiempo que había pasado escribiendo y reescribiendo las palabras de esperanza y paz, y tuvo la seguridad de que muchos se sentirían estimulados y conmovidos por tal sabiduría. Sonriendo, se levantó y se puso frente a las personas que se habían congregado allí para escuchar el mensaje del día.

En ese momento apareció un pajarillo que se posó sobre el alféizar de la ventana y comenzó a cantar de todo corazón. Estuvo así cantando unos minutos y después se alejó volando. El maestro guardó silencio un momento y luego dobló los papeles en los que estaba escrito el sermón que había preparado.

-El sermón de esta mañana ha acabado -anunció.

Para mí, esta historia refleja lo que es la gratitud: ser capaz de experimentar y aceptar plenamente la espontaneidad de un momento que no se ha buscado ni preparado. Pero, ¿con qué frecuencia permitimos que eso ocurra? El loco ajetreo de la vida, la disparatada aglomeración de lugares adonde ir y personas que ver, y la enloquecedora riada de problemas y conflictos que hay que solucionar diariamente, pueden hacernos olvidar que a nuestro alrededor existe un mundo lleno de maravillas.

Cada día necesito recordar que la gratitud es percepción consciente. Comienzo mis días saliendo a correr muy temprano por calles oscuras. Mi atención suele estar dividida entre muchas cosas, desde mirar el camino débilmente iluminado para no torcerme un tobillo hasta organizar el día que me espera. Antes de saber sobre la gratitud, rara vez, mientras corría, echaba una mirada al cielo, un cielo nocturno todavía, con brillantes estrellas y la siempre cambiante posición de la luna. Pero sucedió que una mañana miré hacia arriba y en ese momento vi una estrella fugaz. El efecto que tuvo en mí ese breve instante fue increíble. Sonreí y retomé la velocidad de mi carrera. Miré a mi alrededor y vi otra belleza: las siluetas de los árboles recortadas contra el fondo índigo del cielo, el brillo de los trocitos de mica de las piedras a la luz de las farolas de la calle, y escuché el rumoroso sonido del agua que discurría por un riachuelo al lado del camino. Durante todo el día conté a mis amigos lo de la estrella fugaz que había visto. A la mañana siguiente salí a correr dispuesta a mirar el camino, y también a cambiar mi foco de atención de vez en cuando para mirar a mi alrededor y hacia arriba.

Desde entonces he visto otras dos estrellas fugaces. También he oído el chillido de un búho y he visto dispersarse nubes por la acción de ligeras brisas. La impresión que me causan esas experiencias sensuales me recuerdan pasajes de El color púrpura de Alice Walker, cuando la protagonista escribía en su diario: «He estado tan ocupada... Nunca me fijo en nada de lo que Dios ha hecho. Ni en una hoja de maíz (¿cómo la hace?) ni en el color púrpura (¿de dónde viene?). Ni en las florecillas silvestres. En nada».

¿Con qué frecuencia nos tomamos un tiempo para observar las maravillas del mundo natural, día a día, el arco iris después de la tormenta, los pájaros retozando alrededor del comedero, o el plateado fulgor de una luna llena? La gratitud es aminorar el paso, abrir los sentidos al mundo que nos rodea, y sentir el efecto de esa percepción consciente en nuestros sentimientos y sensaciones y en el modo de vivir el siguiente momento de nuestra vida.

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